Turismo y biodiversidad: de la dependencia al compromiso

En el Caribe la naturaleza es mucho más que un paisaje, es un activo vital para la vida y la cultura de la región. Los kilómetros de playas blancas, el mar cristalino lleno de azules, los arrecifes de coral y la biodiversidad marina no son decorativos, sino el soporte esencial de comunidades caribeñas que desde hace más de cuatro siglos navegan y habitan la región. Su vínculo con la biodiversidad es estructural, gracias a ello han forjado culturas ambientales en una relación íntima con sus ecosistemas, arraigadas a la compresión, uso y protección de la biodiversidad. Son precisamente esas formas de vida, sintonizadas con las dinámicas naturales del territorio, las que han permitido que este entorno conserve su atractivo, que hoy se ha convertido en motor turístico. Irónicamente, ese mismo patrimonio natural y cultural está ahora en riesgo por un modelo turístico que muchas veces excluye y afecta a quienes lo han sostenido y degrada los ecosistemas de los que depende.

La desconexión en la que opera gran parte de la industria turística ante esta realidad, es preocupante. En la actualidad, el modelo turístico predominante en la región del Caribe es el de “sol y playa”, enfocado en las grandes cadenas hoteleras, resorts todo incluido y cruceros de gran escala. Este tipo de turismo es perjudicial tanto para la biodiversidad como para las comunidades caribeñas. La industria turística destruye y fragmenta hábitats costeros, degrada playas, en ocasiones genera la proliferación de especies invasoras, sobreexplota los recursos, contamina el ambiente por la falta de tratamiento de sus aguas residuales y por sus desechos, entre otros (IUCN, 2012). Además, conlleva una serie de afectaciones sociales que se retroalimentan con las ambientales: produce desterritorialización de las comunidades locales, concentración de servicios públicos y exclusión de los mismos para las comunidades, privatización de ecosistemas que hacen parte de los medios de vida locales, disrupciones a las culturas y formas de vida, entre otras.

 

 

Parece ser que el turismo ignora que su permanencia en el tiempo depende de ecosistemas sanos y de las comunidades que históricamente los han protegido y que le agregan además valor cultural al destino. Aunque no hay un sistema formal que permita medir y monitorear los impactos “no económicos” de la industria (Peterson, 2020), se ha advertido desde hace tiempo que el aumento del turismo en los últimos 20 años ha tenido consecuencias negativas para la naturaleza en general (IPBES, 2019).

Esta industria sostiene una dependencia absoluta en los ecosistemas sanos y las comunidades que históricamente los protegen. Los beneficios que se derivan de esa dependencia son parte de los activos de una empresa turística, ya que permiten atraer visitantes y generar ingresos. Sin embargo, estos activos suelen ser invisibles en la contabilidad empresarial y no se valoran como elementos esenciales para la existencia y continuidad del negocio. Cuando un activo empresarial está en riesgo, se genera una amenaza para la operación y estabilidad de las actividades productivas en cuestión. En resumen, no proteger estos activos equivale a exponerse a pérdidas futuras. Por eso, cuando una empresa turística ignora su dependencia de los ecosistemas y de las comunidades que los preservan, y además contribuye a su degradación, está asumiendo un riesgo significativo sin gestionarlo.

De no incorporar mecanismos que reconozcan los costos, límites, dependencias y riesgos que la industria mantiene sobre los ecosistemas y las comunidades del Caribe, la economía de la región se seguirá construyendo sobre una burbuja ecológica a punto de estallar.

Incurrir en la ignorancia implica asumir un altísimo riesgo en el sector turístico. Sin embargo, abrir las puertas para la interiorización de riesgos ambientales ofrece también una oportunidad estratégica: invertir en la protección de la biodiversidad y en el impacto positivo para las comunidades locales no solo reduce impactos negativos de la industria sobre sus dependencias, sino que puede generar nuevas rentabilidades.

Según el Foro Económico Mundial, adoptar acciones para una transición a un sistema que genere impactos positivos a la naturaleza podría generar hasta $10.1 billones de dólares en valor de negocio anual para 2030, además de crear alrededor de 395 millones de empleos. Esto quiere decir que, si las empresas del mundo –en especial aquellas que dependen altamente de la naturaleza como las turísticas– adoptan prácticas de preservación y restauración de la biodiversidad que fortalezcan también a las comunidades locales, podrían acceder a nuevas fuentes de ingresos, ahorros operativos y mayor resiliencia. Sin embargo, actualmente solo entre el 20 % y el 25 % del financiamiento global para la biodiversidad proviene del sector privado (WEF, 2020).

Un ejemplo de cómo la industria turística puede contribuir a proteger los activos naturales de los que depende es la iniciativa desarrollada en el marco del Arrecife Mesoamericano, que llevó a la creación de un fondo fiduciario con el objetivo de financiar acciones de conservación de los arrecifes de coral y las playas mediante un seguro contra huracanes. Este fondo se alimenta de los impuestos recaudados por la operación de hoteles y otras actividades turísticas en la zona costera del Estado de Quintana Roo, México, una de las zonas más turísticas de Latinoamérica con reconocidos lugares como Cancún, Tulum, Playa del Carmen.

En este caso, el sector turístico reconoció el papel esencial que cumplen los arrecifes en la protección de la costa y su influencia directa en la economía local. En alianza con el gobierno estatal de Quintana Roo y organizaciones no gubernamentales, se creó el Fideicomiso de Manejo de Zonas Costeras, que activa el desembolso de recursos si ocurre el paso de un huracán de categoría 4 o superior. Estos fondos deben utilizarse para restaurar los daños causados a los arrecifes y las playas, tanto en el corto como en el largo plazo.

Aún así, esta estrategia pone de presente un reto para las acciones en favor de la naturaleza: incluir a las comunidades locales en las decisiones. Se deben tomar en cuenta las interdependencias entre los ecosistemas y las poblaciones que los han habitado y protegido, mucho antes que la expansión del turismo. Es justamente gracias a ese conocimiento de conservación y convivencia con la naturaleza que hoy, el turismo de Quintana Roo puede contar con un activo (no-exclusivo) natural tan valioso.

La centralidad de las comunidades locales en la protección de los ecosistemas debería ser un elemento fundamental en la ejecución de un sistema que busca generar impactos positivos en la naturaleza. Son ellas quienes experimentan de forma más directa los impactos de la degradación ambiental provocada por el turismo mal gestionado. Y, paradójicamente, siguen siendo las principales responsables del bienestar de los ecosistemas que sostienen industrias multimillonarias como la turística.

El Caribe no puede darse el lujo de dejar que su mayor activo colapse sin reacción, como está pasando en este momento. El turismo de la región no sólo tiene una dependencia absoluta en la biodiversidad y en las comunidades caribeñas que son sus principales guardianes, también debe ser un actor clave en su recuperación y preservación porque se ha valido por décadas de esos recursos, sin valorar o retribuir nada a cambio. Su protagonismo no debería ser opcional, es un mandato para la supervivencia de su industria y de las culturas ambientales del Caribe.

Por: Susana Espinosa

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